Patriada. loc. sust. rur. Acción tra­bajosa y desinteresada que se realiza en favor de un ideal. Hacer una pa­triada, hacer una revolución.

Nuestra gran apuesta como Nación en este siglo XXI debe ser el conocimiento. La educación, la creatividad, la innovación, la ciencia y el capital humano y social son y serán cada vez más en el futuro la frontera que separe a los países prósperos de los que no lo son. Y los argentinos tenemos que decidir en qué lugar queremos estar.

Puede resultarnos tranquilizador pensar que estamos condenados al éxito o que nuestras frustraciones son con­secuencia de aquellos otros que no quieren que nos vaya bien. Pero no es así. Esta decisión depende de nosotros.

El progreso y el desarrollo futuro no son inevitables. Son el resultado, en gran parte, de las decisiones que to­memos en el presente. Y podemos tomar decisiones co­rrectas o fallar. Lo que no podemos es no tomarlas. Es la comunidad en su conjunto la que debe diseñar e intentar alcanzar su mejor futuro.

El mundo se está transformado de manera drástica. Esto que hoy estamos viviendo tiene poco que ver con lo vivi­do hace veinte o treinta años nada más. Son cambios que impactan en la manera de relacionarnos unos con otros, en la comunicación, en el acceso a la información, en el universo del trabajo, en los viajes, la salud, los modos de enseñar y de aprender. También a gran escala en los paí­ses, sus sociedades y sus economías.

El futuro se acerca rápidamente y es difícil anticipar qué forma tendrán los trabajos de próximas generacio­nes. Pero sabemos que esos trabajos serán distintos a los de hoy. De acuerdo a especialistas, 5 millones de puestos de trabajo desaparecerían en 2020 a manos de la tecnología. También sabemos que aquellos países que inviertan en el capital mental de sus ciudadanos conta­rán con una ventaja competitiva, porque podrán prepa­rar a sus jóvenes en las habilidades necesarias para cre­cer y responder a las demandas laborales del siglo XXI. Ubiquemos a la educación como la prioridad máxima de la sociedad civil argentina para anticipar estos cam­bios y garantizar que los niños de hoy, adultos del fu­turo, tengan las capacidades para vivir y desarrollarse plenamente.

Hoy los países más desarrollados y aquellos que aspi­ran a serlo, apuestan a consolidar sociedades del conoci­miento, en donde valores como la verdad, la creatividad, la justicia y el trabajo colectivo atraviesan una visión de país. ¿Cuáles son las metas que persiguen las sociedades del conocimiento? Educación de calidad para todos (todos son todos); protección prioritaria de los cerebros en desarrollo; la ciencia y la técnica atravesando esta­mentos y colaborando con las políticas de los Estados, de las empresas y de las instituciones del tercer sector; la innovación en el corazón de la inversión productiva; el impulso de la infraestructura; la tecnología como he­rramienta aliada; instituciones sólidas y transparentes; el cuidado del medio ambiente; y el establecimiento de es­trategias de largo plazo.

El sueño debería ser lograr una Nación desarrollada e inclusiva. El camino para lograrlo es el paradigma del conocimiento. Los argentinos podemos mirar qué están haciendo los demás y elegir aquello que nos resulta me­jor, rechazar lo que no, adaptar lo adaptable e inventar lo que falta.

Estos cambios mundiales no van a detenerse, más bien van a tomar cada vez mayor velocidad. Esto va a multi­plicar las posibilidades de crecimiento, mejorar la calidad de vida y favorecer el desarrollo de muchos países del mundo. Pero también surgirán nuevos e inesperados de­safíos y dificultades para nosotros y para las generaciones futuras. Debemos estar preparados. La mejor manera de aprovechar todas las oportunidades y afrontar los con­flictos de esta nueva era será apostar por la investigación, la innovación y la creatividad. Nuestro capital mental es la herramienta que más debemos cuidar, estimular y po­tenciar. La clave del progreso de nuestro país está en el cerebro argentino y en la manera de conectarlos unos con otros.

En adelante, si queremos prosperar en medio de una so­ciedad global cada vez más interconectada y competitiva, ni los recursos naturales, ni la industria, ni el sistema fi­nanciero serán las piezas sobresalientes del progreso, sino las capacidades y talentos de sus ciudadanos.

El Atlas de la Complejidad Económica elaborado por el Centro de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard estudia cómo los países trasladan conocimiento a los productos que importan y exportan. Muestra que un gran porcentaje de las exportaciones de nuestro país aún permanece ligado a las materias primas y que nuestra economía debe recorrer un largo camino para volverse más compleja y diversificarse. Podemos tener la fortuna de descubrir uno y mil yacimientos de petróleo o sem­brar soja hasta en los jardines de las casas de familia, pero es conveniente agregarle cada vez mayor valor, inteligen­cia e innovación a todos nuestros productos. No vale lo mismo el lino que el aceite que se hace con él, ni el óleo que se fabricó a partir de ese aceite, ni el cuadro que pin­tó con óleo el gran artista y se subasta en las principales galerías del mundo.

Muchas veces no es la realidad la que coarta los proyec­tos sino nuestros propios sesgos. A través de estos, ob­servamos como esferas antagónicas lo público versus lo privado, la generación versus la distribución de ingresos. ¿No sería conveniente verlos como mundos complemen­tarios capaces de potenciarse? Y hay otras cuestiones que los restringen: la inversión en conocimiento madura en décadas y los gobernantes están siempre tentados con el anuncio de logros espasmódicos que puedan mostrarse pronto y los empresarios, de sacar el mayor rédito en el menor tiempo y con ningún riesgo. O nosotros como sociedad, que no nos conforma saber que hay una re­compensa mayor al final del camino y la queremos ya. Debemos aprender que para llegar siempre antes hay que caminar. Eso no quiere decir no tener en cuenta las nece­sidades inmediatas. Pero hay que ir yendo.

La educación es el verdadero pilar para la igualdad de oportunidades y crecimiento de un país. La inversión en conocimiento, en nuevas ideas y en la investigación cien­tífica y tecnológica incluye y crea trabajo. No se trata de lujos de los países prósperos, sino de los cimientos de los países que quieren crecer. Pero ¿quién puede pensar que hay futuro si no se tienen en cuenta las necesidades del presente? ¿Quién puede pretender alcanzar el más eximio proyecto de largo plazo si no se atienden las urgencias? Esto es como si el gran hospital que queremos construir cuenta con los más sofisticados quirófanos y laborato­rios para investigación, pero no con las guardias. Cuando decimos que los cerebros argentinos son el capital más importante que tenemos como Nación, lo decimos en serio. No es posible que nuestros niños estén mal nutri­dos y mal estimulados, porque esto es un crimen y una inmoralidad del presente y, al mismo tiempo, una hipo­teca social para el futuro. Esos cerebros deberán ser los que sigan construyendo el país. La desigualdad y la falta de oportunidades desgarran el tejido social y empujan a las personas hacia la desesperanza, la apatía y la violencia.

La igualdad social es responsabilidad de todos: de los di­ferentes ámbitos de gobierno, de los empresarios, de los líderes sociales, pero también de la sociedad civil. Somos nosotros los que no debemos tolerar siquiera un día sin que se privilegie a los que más lo necesitan. No nos debe sensibilizar solamente el espanto de una foto desgarrado­ra en un diario, una nota en televisión que visibiliza por un instante la desigualdad o una visita fortuita a una zona carenciada. Las crisis y las desigualdades sociales no las provocan las personas que viven en la pobreza, sino que son las víctimas constantes de esa situación. La pobreza produce un impuesto cognitivo: este contexto atrapa a las personas en un círculo del cual es muy difícil salir. Aque­llos que no tienen garantizadas sus necesidades básicas cotidianas (o la de sus hijos) están obligados a pensar ob­cecadamente en ese día a día y están más condicionados para enfocar en el largo plazo que aquellos que tienen sus necesidades satisfechas. Se trata de una desigualdad de oportunidades en el presente y para el futuro.

Estudios científicos demostraron que las políticas públi­cas en favor de la nutrición durante la primera infan­cia tienen fuertes impactos positivos a nivel económico y cognitivo en la vida de las personas en situación de pobreza. Los investigadores observaron a un grupo de niños de entre 9 y 24 meses de barrios carenciados de Kingston, Jamaica, diagnosticados con un bajo desarro­llo cognitivo y un crecimiento físico inferior al necesario. Una parte de esos niños tuvo acceso a una intervención compuesta por educación en cuidados infantiles de sus madres, programas nutricionales infantiles y la necesa­ria estimulación socio-emocional. La intervención mos­tró que esos niños superaron en habilidades cognitivas a aquellos que no habían participado del programa. Es­tamos a tiempo de intervenir. Pongamos ya en marcha un plan que tenga como meta lograr la erradicación del hambre y de la deserción escolar. No puede proyectarse lo uno sin lo otro. La educación reduce la desnutrición, la mortalidad infantil y aumenta la esperanza de vida. Muchos creen que para reducir la pobreza solo es ne­cesario el crecimiento económico. Sin embargo, si ese crecimiento no está acompañado por un aumento y una mejora en la educación, no reduce la pobreza. La educa­ción es un poderoso motor de desarrollo y es uno de los instrumentos más importantes para combatir la pobreza y mejorar la salud, lograr la igualdad de género, el reco­nocimiento y cuidado de las personas mayores, la paz y la estabilidad. La educación debe ser el principal plan de lucha contra la pobreza y la exclusión.

Así como la ciencia nos lleva a precisar la cruel realidad de lo que pasa con un cerebro desnutrido o poco estimu­lado, también nos abre la puerta al optimismo y, en eso, a la posibilidad y la necesidad de intervención urgente a través de políticas eficientes. Estas políticas deben tener en cuenta estos datos y de manera interdisciplinaria incorporar la visión de sociólogos, pedagogos y nutri­cionistas, entre distintos saberes específicos y experticias. Pero además es necesario ponerse en el lugar del otro. Las decisiones políticas sin empatía no son sociales, son arrestos de la tecnocracia, del capricho o la petulancia.

Más de 57 millones de chicos no van a la escuela en el mundo. Mayormente, esto se debe a guerras, emergen­cias y conflictos humanitarios. Nosotros no atravesamos estas tragedias humanas, entonces ¿cómo no vamos a poder garantizar que todos los chicos argentinos termi­nen la secundaria y tengan una educación de calidad? Así como muchísimos niños en nuestro país aún están fuera de la escuela primaria, otros tantos no terminan el secun­dario. Incluso muchos de los que lo terminan, a menudo lo hacen sin adquirir las habilidades básicas para el tra­bajo y la vida en el mundo global actual. Si no luchamos para poner la educación y el conocimiento como princi­pal política de Estado y modelo de país, nuestros niños no podrán interactuar en igualdad de condiciones con niños de otros países y quedaremos marginados como sociedad. Este es nuestro principal desafío y negarlo nos atrasará aún más.

El conocimiento ayuda a los países a mantener su competitividad y crecer con equidad. Es importante y ur­gente concentrarnos en los estudiantes de nuestro país. Los factores detrás del deterioro educativo son múltiples, incluyendo el bajo presupuesto y la falta de infraestruc­tura, el desempeño profesional y el contexto familiar. Por eso, familia, gobierno, sociedad y escuela deben trabajar urgentemente y de manera articulada para priorizar una formación de excelencia. Argentina enfrenta varios pro­blemas estructurales en el sistema educativo, sobre los cuales coinciden especialistas de distintas instituciones y de los más variados espacios políticos. Tal vez el más importante sea la falta de un proyecto rector de largo plazo que retome la visión estratégica y la ambición de proyectos fundacionales para nuestro país, como los que sentaron las bases de nuestro actual sistema educativo y gracias al cual pudieron graduarse César Milstein y René Favaloro. Esta falla tiene múltiples consecuencias. Una de estas es la desigualdad educativa. La Argentina es una sola, por eso debemos erradicar esta desigualdad. Debe­mos comprometernos en garantizar que un alumno en Tierra del Fuego, Jujuy, Misiones o Buenos Aires tenga las mismas oportunidades reales de crecer y desarrollarse.

Pero mencionar hechos o procesos aislados reduce el análisis de un sistema que se destaca por su complejidad y su relevancia. Para esto, existe una dificultad de fon­do: hoy las escuelas argentinas no preparan a nuestros alumnos para una sociedad del conocimiento. Cada estudiante que culmina su educación enfrentará problemas distintos y más complejos de abordar y resolver que los que enfrentaron sus docentes y sus padres. Pero jus­tamente somos sus docentes y padres los que tenemos la responsabilidad de resolverlos. Depende de nosotros.

El rol del docente debe ser la clave. Debemos entenderlo más allá del lugar común y llevarlo a la práctica. Cuan­do hablamos de jerarquizar al docente, hablamos de algo más que de dinero. Es importante que la remuneración sea valiosa. Pero además debemos ubicar al docente como actor fundamental del desarrollo de un país y del ecosis­tema del conocimiento. Deben ser referentes para su co­munidad, respetados por toda la sociedad y reconocidos en su labor. Y los docentes también deben asumirlo así, con el sentido del orgullo y la responsabilidad. Son los maestros los que forman a los futuros presidentes, pilotos de aviones, empresarios, obreros y potenciales colegas. ¿Habrá labor más importante? Debemos discutir la edu­cación. Replantearnos los modelos de la pedagogía y las estrategias educativas, con docentes que deben ser for­mados de modo constante y con conocimientos nuevos cada día. Las sociedades que están logrando los mejores sistemas educativos se plantean estos desafíos sin miedo, forman a sus docentes, revisan los planes y estrategias y sobre todo tienen mucha confianza en ellos.

De cada 100 alumnos que ingresaron a primer grado en el país en el 2001, solo se graduaron 33 en el 2012. Debe ser prioridad de los argentinos revertir esta situación. Ahí tenemos que enfocarnos entre todos para compren­der el poder real del conocimiento. No hay transforma­ción sin convicción. Hoy la educación en la Argentina no es prioridad en el interés de los ciudadanos. La pre­ocupación más mencionada desde hace mucho tiempo es la inseguridad. Es lógico, a nadie le gusta vivir con miedo en una sociedad violenta. Lo inconveniente es que traiga como corolario una discusión estéril sobre la dureza o no de la mano que reprima al delito. ¿Cómo puede ser que no hayamos logrado entender todavía la importancia que tiene la educación en la reducción de la violencia? La sociedad del conocimiento también tie­ne que ver con esto. Varios estudios confirman que un mayor nivel educativo está asociado a una menor tasa de delitos. Tanto es así que el impacto positivo de la educa­ción es aún más profundo en contextos de adversidad. Un claro ejemplo de esto es que las personas privadas de su libertad que reciben educación reducen drástica­mente el porcentaje de reincidencia. Un estudio realiza­do por la Universidad de Buenos Aires y la Procuración Penitenciaria de la Nación en 2013 dio cuenta de que 8 de cada 10 graduados en programas universitarios en la cárcel no volvieron a ser condenados. La educación otorga capacidades y oportunidades a todos y genera so­ciedades más integradas y pacíficas.

¿Todo esto solo se trata de una enumeración de buenas intenciones sin posibilidades reales de aplicación? No, de ninguna manera, y no hace falta irse lejos en nuestra his­toria para comprobarlo. A fines del siglo XIX, la sociedad argentina se encontraba ante un desafío mucho mayor y la ley de Educación 1420 fue el instrumento más eficaz para lograr la igualdad de oportunidades en el país.

Hoy nuestro desafío es generar un ecosistema del co­nocimiento que trabaje articuladamente. El problema educativo argentino no lo puede afrontar ni una ONG, ni un gremio docente ni un Ministro de Educación por sí solo. Lo resuelve una sociedad civil, sus instituciones comprometidas y la capacidad transformadora del Esta­do actuando de manera coordinada.

Así como el conocimiento hace la diferencia en la vida de las personas y entre la pobreza y la riqueza de los países, también hace la diferencia entre enfermedad y salud. En los últimos años, la mortalidad infantil ha disminuido en todos los grupos sociales. Aun las familias muy po­bres sufren menos muertes de niños hoy que familias en condiciones semejantes diez años atrás. La razón princi­pal fue el avance del conocimiento que ha hecho posible nuevas drogas y vacunas, mejores prácticas sanitarias, y campañas de salud pública más efectivas.

Conocimiento también significa un ambiente más limpio y, por lo tanto, mejor salud y calidad de vida. No podemos seguir intoxicando el aire, el agua y la tie­rra como lo estamos haciendo. El Riachuelo que divide el sur de la Capital Federal con la Provincia de Buenos Aires debe avergonzarnos por haber permitido que la contaminación llegue hasta donde llegó y, a pesar de los adelantos de la tecnología y la conciencia ecológica, no haberla resuelto hasta ahora. Los responsables directos son empresarios que, con angurria y mezquindad, vier­ten sus desperdicios al cauce e inspectores y funcionarios que los apañan por desidia, incompetencia o corrupción. Y nosotros que miramos para otro lado y cuando algo huele mal, en vez de trabajar por resolverlo, nos tapamos la nariz.

La sociedad basada en el conocimiento promueve el bien­estar general, ya que incluye factores claves para el desa­rrollo de una Nación. Es indispensable contar con una infraestructura adecuada para una sociedad compleja y moderna, y así los argentinos no nos tengamos que mo­rir fatalmente en las rutas, las inundaciones no arrasen nuestras casas, tengamos agua potable y cloacas en todos los hogares en pleno siglo XXI. Un sistema productivo que incorpore a los cerebros innovadores, creativos y pre­parados. ¿No es este un futuro que todos deseamos?

Casi como inmersos en un efecto de estrés postraumáti­co, el hecho de haber atravesado crisis tras crisis nos lleva a conformarnos con bastante poco, sin trabajar como un equipo con una mirada a largo plazo. Vivimos hablando del presente (inflación, inseguridad, etc.) sin considerar entre nuestras prioridades la construcción de un país me­jor. Las comunidades pueden y deben imaginar su des­tino y actuar en consecuencia. En ese futuro imaginado y deseado está el principal fundamento de nuestra cons­trucción común.

No es posible concebir una sociedad del conocimien­to con una comunidad desorganizada, atomizada o des­conectada. El Estado tiene la responsabilidad de asegurar la inclusión, la capacidad para transformar y el potencial para ubicar a la Argentina entre los países más desarrolla­dos del mundo como soñaron nuestros fundadores. Pero solo si la sociedad civil se organiza en torno a una pro­puesta de largo plazo podremos impulsar las acciones po­líticas necesarias y garantizar su continuidad. Podemos recuperar nuestro liderazgo como país, pero debemos hacerlo en equipo y con el compromiso de todos.

Brasil, Chile, Colombia, México y otros países de la región ya cuentan con experiencias originadas desde la sociedad civil que reconocen la preponderancia del co­nocimiento. Varias organizaciones de la región ya gene­ran impacto concreto ubicando al conocimiento como prioridad pública y se espera que su impacto crezca aún más en los próximos años.

Como los argentinos exigimos democracia en los 80, hoy reclamemos conocimiento y generemos así un nue­vo clima de época. Esta es la mejor manera para cuidar y hacer madurar esta democracia. El conocimiento y la democracia interactúan en un círculo virtuoso. Aquellos países con los más altos niveles de escolarización mues­tran mayor apoyo por las reglas democráticas y en los niveles de participación. A su vez, las democracias in­vierten más en educación y presentan mayores tasas de escolarización.

Asimismo, las sociedades que invierten en conoci­miento son más prósperas (la UNESCO informó que, en promedio, un año de educación se traduce en un sa­lario un 10% superior) y presentan menores niveles de tolerancia con la corrupción. Las personas que entienden que los logros se consiguen con esfuerzo y reglas de juego no aceptan la corrupción. La educación enseña que la corrupción es un crimen y que el corrupto es un delin­cuente, y que la frase “roba pero hace” no es más que una coartada inmoral. Porque, en tal caso, sus acciones siempre van a privilegiar el beneficio propio en desmedro del de la comunidad. No puede haber progreso sin cas­tigo para el que se queda con lo que es de todos. Esto requiere de la sanción social y de una justicia adecuada, imparcial y eficiente. Debemos considerar, más bien, que los más eminentes próceres de nuestra historia fueron lí­deres que no tomaron atajos. La Argentina de la viveza criolla se vuelve dramáticamente representada desde hace décadas en el despilfarro, en la evasión de impuestos, en el uso clientelar del Estado, en la vista gorda a la corrup­ción cuando hay un veranito económico, en el hambre en un país que genera alimentos para diez Argentinas, en el desmedro de la excelencia, del esfuerzo, del conoci­miento. El atajo, el individualismo y la trampa debilitan la construcción de una sociedad civil solidaria y equita­tiva. Es una inmoralidad y una torpeza, aún más siendo un país pobre, descuidar las reglas del juego, trampear las leyes y falsear las estadísticas.

La educación también favorece el conocimiento del otro y eso promueve la tolerancia hacia otras culturas, religio­nes y grupos étnicos. La xenofobia y la discriminación no son solo síntomas del fundamentalista sino también del ignorante.

Desde mediados de 1990, nuestro país goza de una ven­tana de oportunidad demográfica única y no planificada: los habitantes de la población económicamente activa superan en cantidad a los niños y adultos mayores. Esto permite crecer más rápidamente y acumular capital para el futuro. Sin embargo, esta oportunidad solo existiría en nuestro país hasta el 2035 ya que cambiaría el diagrama demográfico. Por eso, debemos trabajar de manera ar­ticulada para lograr que la Argentina se desarrolle fuer­temente en los próximos años a través de la inversión, la generación de empleos de calidad y de la educación. Cuando los gobiernos, las empresas, los centros de in­vestigación y la sociedad civil se unen para impulsar la causa del conocimiento, el progreso social y económico es inexorable. Es decisión y es método.

La velocidad a la que crecen los avances tecnológicos se está acelerando exponencialmente. La primera com­putadora con fines científicos de la Argentina se llamó Clementina y se utilizó entre 1961 y 1971. En el último tiempo, el desarrollo y crecimiento de las llamadas TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) tuvo un gran impacto en nuestra vida. De acuerdo a la Unión Internacional de Telecomunicaciones, hoy más del 50% de la población argentina tiene una computa­dora en su hogar y el 47,5% accede a Internet desde allí. Es imprescindible que el 100% tenga conexión porque la tecnología brinda la oportunidad de comunicarnos, acceder a la información, compartir conocimiento e in­teractuar con los demás. Por eso, invertir en desarrollo tecnológico, es también avanzar hacia la sociedad del conocimiento.

La habilidad de distribuir y explotar el conocimiento se ha transformado en una ventaja competitiva y ha mejo­rado la calidad de vida. Si los gobiernos quieren sacar una ventaja de estos avances, deben ser flexibles y reaccionar rápidamente para cambiar sus políticas y prioridades. El Consejo Asesor de Ciencia de la Secretaría General de Naciones Unidas está compuesto por 26 reconocidos científicos de todo el mundo. Recientemente, este Con­sejo recomendó a los países invertir al menos el 3,5% de su Producto Bruto Interno en ciencia y tecnología. En América Latina, el promedio de inversión en 2007 fue de 0,7%. En nuestro país, cumplir con esta recomenda­ción llevaría al fortalecimiento profesional, a una mayor producción científica de las Instituciones de Educación Superior y Centros Públicos de Investigación y al fo­mento de la transferencia del conocimiento creado. El desarrollo de la ciencia se logra promoviendo la calidad de la investigación hacia la excelencia e incrementando los vínculos internacionales. Hoy los equipos científicos de todo el mundo trabajan interconectados. Esa es una verdadera integración con el mundo.

El contexto es crucial para la creatividad y el aprendizaje. Son las sociedades las que brindan el estímulo para que surjan talentos creativos. Los talentos creativos se trans­forman así en emblemas de esas sociedades, y a su vez, se vuelven modelos que inspiran a que se desarrollen nue­vos creativos. La denominada “economía creativa”, que incluye tanto el arte, el entretenimiento, el diseño y la arquitectura, como la informática, la robótica, la educa­ción, la investigación y el desarrollo de alta tecnología, representa un importante factor de progreso.

Los argentinos nos enorgullecemos por ser reconocidos en el mundo por nuestros vinos, por la carne y por la producción agrícola; también por haber generado gran­des figuras del deporte admiradas internacionalmente y talentosos artistas, que son embajadores de nuestra cul­tura; y porque nuestro país tiene paisajes bellísimos, que son centros de atracción turística. Ahora bien, necesita­mos que se nos conozca además por la regla y no solo por las excepciones: por la capacidad de los desarrollos y producciones de profesionales altamente calificados que puedan ofrecer proyectos de ingeniería y arquitectura, servicios de informática, de tecnología en medicina, pro­ductos audiovisuales y avances en la investigación cien­tífica. Bernardo Houssay, uno de nuestros cinco premios Nobel, decía sabiamente que Argentina era un país de­masiado pobre como para darse el lujo de no promover la investigación científica. Esta frase nos puede iluminar muchas de las cuestiones que van más allá de la ciencia y que siempre se dejan para más adelante, para cuando se resuelvan las urgencias. Ese razonamiento de relegar lo importante por lo urgente es como un perro que se muerde la cola: es porque existen necesidades que de­bemos pensar en las causas que llevaron a esa realidad y atacarlas desde el vamos. Por supuesto que al mismo tiempo, deben paliarse esas necesidades. Es la única ma­nera de crecer en forma sostenida, de capitalizarse cuan­do hay viento de cola para capearla cuando el impulso se da vuelta. Como el ajedrecista, pensar cada jugada ade­lantándose a las próximas.

¿Por qué esto que resulta tan sencillo de entender fue tan difícil de hacerlo hasta ahora? Una de las cualidades de la especie humana está en su capacidad de ver más allá de lo inmediato: poder imaginar escenarios futuros y actuar en consecuencia. Este es un elemento fundamental para conseguir eficacia en la táctica y en la estrategia. Muchas veces, lo que conspira contra esta cualidad es la imperio­sa búsqueda de la satisfacción inmediata. Los que dan consejos sobre cómo comprar de manera conveniente siempre recomiendan no ir al supermercado con hambre, porque esa necesidad condiciona la capacidad de planifi­car para el futuro. A las comunidades les pasa lo mismo. Uno de nuestros problemas es que estamos permanen­temente pensando en el presente, en la coyuntura, y no en el largo plazo. Los argentinos a veces parecemos tener miopía del futuro. Tomamos decisiones que benefician en lo inmediato pero que tienen un impacto negativo posterior. Es muy frustrante para las personas y también para las sociedades no perseguir un sueño y estar todo el tiempo chapuceando. Nuestro desafío es debatir qué país queremos ser más allá de lo inmediato. Tenemos que pensarnos como Nación: una comunidad con un pasado y un presente pero sobre todo con un destino común.

Una Nación puede definirse de diversas maneras: como símbolo, como territorio, pero como mejor puede pen­sarse es como comunidad. Tenemos que empezar a tra­bajar como si todos los argentinos estuviéramos conec­tados como una familia. Si un chico en el tercer cordón del conurbano hoy no puede comer, debemos sentirlo y actuar como si fuera nuestro hijo; si hay un desocupado en el frío sur argentino, ese desocupado debe ser nuestro hermano; si un jubilado no puede pagar su medicación en Jujuy, nos debe importar como si fuera nuestro padre. Hay una Argentina que debe mirar al futuro común de todos los argentinos.

Focalicémonos en resolver los problemas de nuestro país y buscar oportunidades en vez de pelear todo el tiempo. Quizás para las estrategias políticas la confrontación per­manente sea buena, pero esto no mejora el mundo de miles de ciudadanos. Es más, muy probablemente lo em­peora. Necesitamos una comunidad que piense el futuro y que vaya hacia allá sin tener que enfrentarnos a cada paso. Eso no significa que pensemos todos de la misma manera. Las diferencias entre las personas que integran una sociedad no son un defecto, más bien pueden con­siderarse una virtud. El problema es qué hacemos con eso. El gran desafío no es que seamos iguales, sino que logremos acuerdos que nos permitan emprender el cami­no hacia una dirección. Y eso se logra con convicciones y con diálogo. La gracia de la armonía es lograrla no solo cuando tenemos ideas comunes, que resulta siempre más confortable y menos estimulante, sino también cuando tenemos posiciones divergentes. La cualidad empática está en conseguir hacer de la diferencia una virtud.

Necesitamos un país en el que no estemos todo el tiem­po inventando la rueda, el camino, el mapa y hasta la brújula. No es posible andar así. Para esto algo podemos aprender de la ciencia. Un científico no empieza de cero. No reniega de las experiencias previas. Por el contrario, se basa en ellas aunque no le agrade la persona que la hizo. Toma lo bueno y desecha los errores para trazar el camino a seguir. Luego consigue los recursos, realiza la investigación en equipo, comunica sus resultados y los pone en discusión con la comunidad. El conocimiento es un bien compartido.

Los argentinos nos reconocemos como un pueblo soli­dario y claro que lo somos. Pero esta idea de solidaridad también puede ser entendida de varias maneras. Cuando se produce una catástrofe, es fundamental ser solidarios y dar un reparo a las personas que perdieron todo. Antes que eso, se debería tener una estrategia eficaz que permi­ta estar unos pasos antes de que la desgracia suceda. Una gran obra de infraestructura para que nuestras ciudades no se inunden es un acto de responsabilidad política, pero también es un modo inteligente de cooperación, ya que con las contribuciones que todos realizamos se logra organizar, planificar y realizar la obra para así intentar que la catástrofe no suceda. El bienestar público no pue­de quedar sometido únicamente a las buenas intenciones individuales una vez que ocurren las tragedias. Solo a tra­vés de la planificación y la inteligencia colectiva se puede lograr un poderoso sistema de cooperación y solidaridad de gran alcance.

Las grandes instituciones como los Estados cuentan en su haber con liderazgos que encauzan los deseos colecti­vos. Los esquemas mentales de las sociedades condicionan el tipo de liderazgo que entienden como propio. ¿Qué tipo de líder elegimos? Esto es importante en sí, pero mucho más en un momento de grandes transformacio­nes, búsquedas y construcciones de nuevos liderazgos en nuestro país. Las teorías sociológicas clásicas consi­deraban al carisma excepcional como una virtud para ejercer un tipo de autoridad. Así los buenos líderes eran capaces de utilizar sus talentos innatos para decirles qué hacer a sus seguidores. Esto puede ser virtud si el líder logra enamorar para la búsqueda del bien común. Pero en Argentina a veces confundimos carisma con viveza para trampear, para decir una cosa y hacer otra. Nuestros nuevos líderes deben tener voz pero también oídos, ser el ejemplo, inspirar y motivar a nuestra sociedad. ¿Qué ley universal indica que ser líder es imponer las ideas, sub­estimar o despreciar al que piensa distinto? El liderazgo que necesitamos debe estar basado en la cooperación y el apoyo colectivo y no de un exclusivo proceso de arriba hacia abajo. La pregunta que puede surgirnos es si noso­tros terminaremos aceptando esta relación entre líder y sociedad en nuestra comunidad.

El pensamiento crítico es una herramienta provechosa contra los falsos dilemas o las fatalidades que se utilizan para restringir el surgimiento de una mejor opción. Mu­chas veces la política, la dirigencia en general, los con­sultores profesionales e, inclusive, los periodistas tienen ideas ancladas en el pasado sobre los tipos de liderazgo y les cuesta (o sencillamente no les conviene) ver los cam­bios del presente e imaginar el futuro. Una frase exten­dida es que las sociedades tienen los dirigentes que se merecen. Debemos cuestionar esto como verdad revela­da. En diversos casos, los intereses de las sociedades están desacoplados de las potencialidades de sus líderes. Otras veces, el líder solo navega el presente y las sociedades se quedan sin deseos.

La política actual se podría resumir en la idea de “campa­ña permanente”, en donde todo es una elección y nues­tros líderes siempre son candidatos a algo, más allá de que exista o no una elección próxima. Pero la política no es únicamente ser votado, es construir, administrar, plan­tear objetivos y horizontes colectivos. La política es una herramienta muy poderosa de transformación social para que quede en manos de intereses sectoriales, mezquinoso espurios. Ni para plantearse como un campo minado, hecha de divisiones y falsas batallas. La batalla debe ser contra la ignorancia, la pobreza, la delincuencia, la co­rrupción, la desigualdad de oportunidades.

Debemos forjar nuevos líderes que sean creativos, in­teligentes y audaces. Un líder debe tener la capacidad de entender las necesidades de su pueblo. Pero también debe saber anticiparse al futuro y no tener miedo. Y si creemos que todo esto es muy difícil, recordemos que un día en nuestro país Domingo Faustino Sarmiento llevó adelante una transformación social basada en la educa­ción que fue pilar fundamental de la Nación Argentina. Y que si a Sarmiento un plantel de consultores o asesores timoratos le hubiesen aconsejado que no arriesgara tan­to, él seguramente habría marchado igual hacia el futuro.

El concepto de “comunidad” puede ser entendido en función de tradiciones pasadas, presentes pasajeros o des­tinos comunes. Esto último es lo que permite un mayor acercamiento y labor conjunta de uno con otro. Es más, es lo que da razón de ser a la comunidad, la forja en pro­yección, la sustenta. Si hablamos de la “comunidad ar­gentina”, sin ir más lejos, quizá lleguemos a pensar que el pasado o el presente nos ha dividido entre unos y otros. Pero la construcción de una Nación cada vez más unida es posible si pensamos que el futuro común es una nueva oportunidad. Definamos qué país queremos y marche­mos en esa dirección.

El desarrollo debe ser nuestra obsesión. Esto es mucho más que un mero indicador de crecimiento económico. Se trata de una evolución sustentable, integral y profun­damente humana de la sociedad argentina. Debemos modificar nuestros esquemas mentales que nos impiden trabajar en equipo y mirar el largo plazo. No podemos seguir esperando con la excusa de que hay temas más importantes para esta etapa. La educación debe ser prio­ridad de la agenda pública. Claro que sería fundamental que los gobiernos por sí solos elevaran esta bandera, pero es la sociedad civil (somos nosotros) la que debe luchar para esto. Una sociedad civil comprometida con la edu­cación pública de calidad es la que puede lograrlo. Hoy estamos viviendo en Argentina varias décadas de una de­mocracia plena. Con sus defectos, pero plena. Esto es algo por lo que debemos sentirnos orgullosos. La socie­dad argentina es la responsable de haberla conseguido y somos sus principales guardianes. Ahora debemos exigir y lograr una sociedad basada en el conocimiento que nos permita de una vez por todas dejar de vivir por debajo de nuestras posibilidades. Para esto no debemos ser mez­quinos ni tener una visión de corto plazo, porque quizás no vayamos a ver ese futuro próspero nosotros mismos.

Eso no es importante. No es por ver el fruto que el fruto llegará, sino por la responsabilidad cotidiana de arar la tierra, plantar la semilla y cuidar que esos brotes no se sequen, no se quemen, no se ahoguen. Se trata de una verdadera revolución. La revolución del conocimiento en Argentina es imprescindible. Una revolución de la que debemos ser protagonistas.